jueves, 31 de enero de 2008

Miércoles 30 de enero 2008

El hombre estaba esperando el colectivo y de repente, se asomó una mariposa que le dijo: "nunca es tarde para retomar ese curso de tejido crochet". Fue entonces cuando dejó de comer semillas de girasol por las mañanas. Y retomó el curso de crochet.

No pudo dejar de pensar en aquella mariposa que había aclarado sus pensamientos ese vago dia de otoño. Aquella que había desplegado sus alas celestiales alrededor de su cuello y había hecho de él un nuevo hombre.

Así es que fue por la mariposa. Le asignó los días y las noches subsiguientes a la detallada búsqueda del insecto volador. Un poco por las ansias de más consejos, otro poco para seguir dándole volantazos al ya sinuoso devenir de su destino. Con una renovación espiritual, recorrió las calles, acompañado de una aguja número 6 y una lana francesa color verde esmeralda.

Caminaba con el alma encendida deseando encontrarla en la ciudad oscura. Verla posada en un arce, encendida. Quería contarle su renacimiento, agradecerle y seguir con ella el resto del camino. Dobló por una calle en penumbras que apenas mantenía un arbol de pie. Suspiró al sentir que estaba cerca. Avanzó algunos pasos.

El perfume de las flores blancas de una frondosa ligustrina le recordó los días en la quinta de sus abuelos durante su infancia. La embriagable sensación lo abrazó y le dio ganas de seguir adelante. No tuvo, entonces, el coraje de ceder en su infructuosa y difícil búsqueda. Estaba tan dedicado a la tarea de encontrarla, que hasta podía oir los distintos aleteos de diferentes insectos. Siguió la marcha con la corazonada de que su mirada y la mariposa chocarían en algún lugar.

Llegando al fin de los ligustros, debió frotarse los ojos para aclarar si su vista le mostraba aquello que creía ver. Junto a un frondoso arbol descascarado, reposaba un enorme elefante rosa de ojos cansados y sabios. Tenia la tipica sonrisa elefantesca que poseen los elefantes cuando alguien se acerca. El hombre quizo saber si aquel legendario animal podria guiarlo hasta la mariposa, si la conocía, si sabía de su existencia. Se acercó precavido a la enorme bestia, la cual lo miraba paciente.

"Qué loco el tiempo", le lanzó el hombre, como para iniciar una conversación. "Has llegado temprano. No esperaba verte hasta las siete", le contestó el elefante. El hombre, sorprendido no sólo por la respuesta si no por cómo había perdido la noción del tiempo, sacó un paquete de pastillas Renomé y le convidó. El elefante se negó. Prefería las DRF. Siguieron hablando de toros perdidos (a los elefantes les caen muy mal los bueyes desde una vez antaño que jugando un partido en el potrero del barrio, le metieron un gol con la trompa que no le cobraron y quedaron en una eterna rivalidad) hasta que a los dos les dió hambre. El hombre en ningún momento dejó de pensar en su búsqueda, pero supo que el paquidermo podría serle de mucha ayuda, por lo que le dedicó buena parte de la tarde de su jornada de investigación.

Los faroles de las aceras le regalaban un paisaje reconfortante. Había en la calle una niebla espesa que formaba aura rodeando las luces callejeras. El elefante llevaba un paso cansado. Típico de los elefantes aunque no lo estén. El nuevo hombre no podía dejar de admirarlo. Coincidió en el pensamiento de cómo había volcado su vida desde el encuentro con la mujer de alas danzantes. No podía olvidarla ni un segundo. La intensidad de su amor se mezclaba en la almibarada locura de la búsqueda por el mundo de lo sueños, de lo irreal. La mezcla entre un mundo de fantasías con semillas de girasol y el mundo de lo real, rodeado por rosas elefantes.

Era un panorama desolador y hasta pensó en entregarse a los brazos del cansancio. Pero se resistió sólo cuando una pluma amarilla se posó sobre su naríz, provocándole un soberano estornudo que al mover su cabeza con el impulso natural, llevó sus ojos al cordón de su momentáneo espacio. Y estaba ahí. Mirándolo atrevida. Era una moneda que había perdido camino a un kiosko luego de tirarla infinitas veces al aire y recogerla en el regreso, al mismo tiempo que se imaginaba todo lo que iba a deleitar su paladar con las golosinas que comprara. Esa moneda fue un indicio. "Todo lo que se pierde, alguna vez se encuentra", sentenció para sí, como una forma de empujar el impulso detectivesco.

1 comentario:

Volframio dijo...
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